Héctor Grunewald le donó un órgano a su hijo hace 25 años. Hoy es el único argentino mayor de 80 años en la elite de las ultramaratones. «Corro para que no me alcance la artrosis», asegura.
En el mundo del deporte existen historias que desafían cualquier manual médico, y la de Héctor Grunewald es, sin duda, una de ellas. A sus 81 años, este albañil y gasista radicado en Olavarría se convirtió en el único argentino de su edad en integrar el ranking mundial de ultra-distancia, tras completar una marca asombrosa: 200 kilómetros en 48 horas de competencia ininterrumpida.
La vida de Héctor estuvo marcada por el esfuerzo físico desde los siete años, pero su mayor proeza no ocurrió en una pista, sino en un quirófano. Hace un cuarto de siglo, le donó un riñón a su hijo Pablo para salvarle la vida. Lejos de retirarse, Héctor siguió corriendo «de la vieja escuela»: sin planes de alimentación estrictos, sin geles energéticos y entrenando después de largas jornadas de trabajo en la construcción. «Hacía unos días que me habían sacado los puntos de la operación y ya estaba pensando en la próxima carrera», confiesa. Hoy, su hijo es un chef y atleta trasplantado con medallas de oro, mientras Héctor sigue sumando kilómetros para combatir los dolores de la edad.
Con vértebras desplazadas y el desgaste propio de una vida de trabajo pesado, Grunewald demuestra que el movimiento es su mejor medicina. «Si me quedo quieto, me duele todo», sentencia la leyenda olavarriense.

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