En medio de crecientes quejas vecinales por bolsas abiertas y suciedad crónica, la Ciudad advirtió a las concesionarias que deben garantizar el barrido de los residuos fuera de los tachos.
El paisaje urbano porteño presenta hoy un aspecto preocupante: montañas de desperdicios rodeando contenedores y olores insoportables en zonas de alta densidad. Esta realidad ha provocado un quiebre en la relación entre el Gobierno de la Ciudad y las empresas de recolección, a quienes se les exige mayor rigurosidad en las rondas nocturnas.
La principal falla detectada radica en el incumplimiento de la tarea del operario ayudante. La norma establece que este debe bajar del camión, recolectar lo que está en el suelo y asegurar que el entorno del contenedor quede despejado. Sin embargo, las recorridas por los barrios confirman que la basura diseminada suele quedar en la vía pública tras el paso del vehículo. Este escenario se da apenas un mes después de que Jorge Macri reestructurara el área para tener un seguimiento más cercano de los contratos de higiene.
La presión oficial no solo busca limpiar las calles, sino también forzar un cambio en la cultura operativa de las empresas encargadas de la higiene urbana.

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